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En los últimos años, los grandes acontecimientos deportivos, musicales e incluso políticos, han llegado a nuestros televisores gracias a las imágenes captadas por drones. Estas aeronaves han pasado de ser un simple artículo lúdico (hubo quien las calificó como un juego de niños) a convertirse en una de las grandes apuestas del sector de los transportes. Lógicamente, la mayor presencia de drones en nuestro cielo se ha traducido en molestias para los vecinos, vuelos en espacios no permitidos y alguna que otra colisión. Sea como sea, todo apunta a que deberemos aprender a convivir con esta nueva tecnología.

Los drones van a jugar un papel determinante en el transporte de mercancías a nivel global. Esto ya no es un simple pronóstico sino una tendencia que no tiene visos de detenerse, más bien todo lo contrario. En el último Foro de Davos, más de un ponente se ocupó de las posibilidades de los vehículos aéreos no tripulados para transportar medicinas u otros recursos de especial necesidad. De hecho, voces muy autorizadas han apuntado que estas aeronaves llegarán hasta donde los gobiernos quieran que lleguen, insinuando que la responsabilidad última recae sobre los legisladores.

Otra dinámica global que alienta el desarrollo de los drones es el crecimiento de los grandes núcleos poblacionales del planeta. Las metrópolis y megalópolis más importantes del mundo tienen en el tráfico terrestre uno de sus principales males. No es ningún secreto que en ciudades como Nueva York, Londres, Ciudad de México, Sao Paulo o Pequín, los conductores desperdician, de media, varias horas al volante cada jornada. Ello se traduce también en problemas de abastecimiento en algunos puntos de las urbes, bien por las congestiones en determinadas horas del día, bien estar alejados de las grandes rutas de reparto. Los drones garantizarían entregas totalmente personalizadas en mucho menos tiempo.

De todo lo anterior se extrae otra inquietante lectura: ¿cuál es el límite más lógico para que los drones llenen el cielo de las ciudades? En primer lugar, estos mecanismos deben mejorar todavía algo más su fiabilidad y, por ende, la seguridad para peatones y vecinos en general. Segundo, los organismos públicos competentes deben impulsar cambios legislativos que adapten los códigos de circulación a esta nueva realidad. Tercero, las compañías responsables de la gestión de los repartos deberán asegurar la rentabilidad de los mismos, toda vez que cada desplazamiento se personalizará al máximo. Finalmente, estas aeronaves deberán ser capaces de transportar cargas más pesadas y de volar sin riesgos bajo condiciones meteorológicas relativamente adversas.

En suma, el futuro del transporte de mercancías parece estar escribiéndose con cada nuevo paso que da la industria de la navegación aérea sin tripulación. Solo cuando esta alcance los estándares mínimos exigibles para la utilización masiva de los drones en los repartos, podremos hablar de revolución en toda regla. Será el momento, además, de empezar a preguntarse si esta misma fórmula podría aplicarse en el transporte de pasajeros. Pero esa es otra historia…

Sigue el vuelo de los drones a través de nuestras próximas publicaciones en este blog.